La central provincia de Sancti Spíritus ostenta el privilegio de ser la única del archipiélago cubano sobre cuyo territorio se asientan dos de las primeras siete villas fundadas a comienzos del siglo XVI por el Adelantado español Diego Velázquez: la del Espíritu Santo y la de la Santísima Trinidad.
Ambas nacieron en 1514 y de la primera de éstas adoptó su nombre una de las 14 provincias en que se divide política y administrativamente la República de Cuba. Se trata de una región de terreno arcilloso y fértil; cubierta en un 15% por uno de los sistemas montañosos más importantes del país, la Sierra del Escambray, y que entre otros atributos cuenta con apacibles playas caribeñas bordeando la Península de Ancón.

Asentada invariablemente en las márgenes de una arteria fluvial, la ciudad capital, Sancti Spíritus, preserva en su centro histórico edificaciones que denotan la diversidad de estilos que durante tres siglos enriquecieron notablemente su enrevesado entramado urbano y entre las cuales destacan la Iglesia Parroquial Mayor, el Teatro Principal y el propio puente sobre el río Yayabo.

Sin embargo, es Trinidad -con toda justeza considerada una ciudad-museo- la que posee uno de los conjuntos arquitectónicos coloniales más completos y mejor conservados del continente americano, un hecho reconocido por la UNESCO en diciembre de 1988, cuando la declaró Patrimonio de la Humanidad.
Una cruz a la sombra de un jigüe recuerda el sitio donde se presume que Fray Juan de Tesin oficiara la primera misa de la futura villa, en la Navidad de 1513. Muy cerca de allí se levantarían posteriormente la Plaza Mayor y la Iglesia Mayor de la Santísima Trinidad, que atesora entre sus piezas más valiosas el famoso Cristo de la Vera Cruz y un altar de mármol dedicado al culto de la Virgen de la Misericordia, único de su género en la Isla.

Esta es una ciudad que invita a recorrer sus calles empedradas y tranquilas y sus numerosas plazas; descubrir a cada paso historias conservadas con celo en media docena de museos, o en amplias y frescas mansiones de los siglos XVIII y XIX -en las cuales predominan las balaustradas, las barandas y rejas admirablemente trabajadas en metal y los techos de tejas criollas- , y donde se respira la misma atrayente atmósfera que siglos atrás llevó hasta allí a viajeros eminentes como el sabio alemán Alejandro de Humboldt.

 
 
 
 
 
 
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